AMAR, ORAR Y CONOCER




Hemos escuchado muchas veces que para poder amar a alguien, es preciso conocerle. Es cierto, puesto que tenemos que tener atención mental y conceder nuestra atención de forma real a alguien, mediante un asentimiento en el conocimiento, para poder ser capaz de amarle tal cual, sin buscar cambiarle de forma impositiva, sino buscar su mejoría mediante un amor que transforme todas las cosas. Pero, además del conocimiento, para amar, es preciso también orar. Sí, orar. Orar no como repetición de frases u oraciones. Amar implica siempre el componente de la presencia, porque la mente y el corazón, están presentes ante Dios, y si están pidiendo lo mejor, entonces buscan purificarse para poder amar de verdad. Es por ello, que aquí les comparto algo breve de lo que considero la prioridad en la oración para poder llenarnos del amor de Jesús, que nos llama a la conversión, mediante una oración a través de la pureza de la voluntad.

La oración te eleva, pero el conocimiento te hace comprender el porqué te elevas. Entonces, ¿es bueno lo uno sin lo otro, o los dos? En mi entender, creo que la oración de por sí lleva un conocimiento, pero el orar no significa estar en lo que es la voluntad misma de Dios. Por tanto, ya sea que oremos o no oremos, es necesario humillarse en oración, para recibir el conocimiento de todos nuestros pecados y pedirle al Señor que nos limpie y nos haga mirar su corazón, donde todo es limpio. Y si es así, entonces todo pecado se nos muestra, y nos duele y también vemos nuestra pobreza. Por ello, no siempre es necesario orar largamente con los salmos, porque para pedir contrición basta un corazón sincero. Ahora bien, para limpiar nuestra visión, antes de tener este corazón sincero, el Señor va de menos a más. Nos da pistas y nos va haciendo caer en la cuenta cuán ruin ha sido nuestra conducta. Pero, cuando ya están al frente de nuestra vista, nuestras faltas, aprovechemos en agradecer y pedirle que siempre nos haga ver nuestra iniquidad y de esta manera ser fieles a su misericordia. No necesitamos tener tantos conocimientos en la Sagrada Escritura para este primer encuentro, pero sí, desde luego que en el camino del amor, Dios nos muestra su palabra que está viva y por tanto, resistirse a esos impulsos será mayor o menor pecado, de acuerdo a la materia en la que se versa esta llamada. Si es llamada de amor para el sacramento en un estado de vida, es de suyo grave no aceptarla. Pero si no, entonces no. Cuando ya no estamos en pecado, y el Señor nos habla en su palabra, es para también ser canales de su gracia, mediante el fuego, para avivar nuestra fe. Esto se concede casi siempre después de haber renunciado a todo tipo de maldad o imperfección, pero no significa que ya estemos sin imperfecciones, puesto que día a día, la llamada del amor espera siempre un amor renovado, y debemos ser fieles, para acceder a ello. Y de esta manera se va configurando una vida en la Misericordia, como si fuese un niño en brazo de la madre que ve a su hijo creciendo como un ser hermoso. Entonces el niño crecerá y seguirá su curso, pero si corresponde a las indicaciones de su madre, será un hombre de bien y aunque al principio le cueste, después se sentirá pleno y no tendrá tantas dificultades. 

Es cierto que, bien Dios puede transformar a la persona pecadora en santa, pero no es verdad que lo haga sin su propio consentimiento. Y ese amor que debe dar la persona que se ve llamada al amor, siempre da su respuesta diaria, puesto que el amor es la vida misma de Dios que ama en el presente. Así, tanto lo pasado que ha cimentado el amor, como lo presente que es la actualidad nueva, nos permiten alabar al Creador. Por eso aceptamos el amor, tanto en lo sencillo, como en todo el conjunto de los momentos que hemos recibido su don.

De este modo es como veo, el Señor quiere llevar a toda la iglesia al camino de la Cruz, por donde pasaron todos los apóstoles y santos. Es un camino que lleva a olvidarse ya si hay o no virtudes por parte de nosotros, sino en mirar más lo que es el amor y qué más podemos hacer, no preguntándonos sin saber, sino sabiendo que el amor es vaciarse y al inicio cuesta, pero después es suave como un beso.

Puedo poner algún ejemplo, que es tan notorio. El ejemplo de nuestra Señora, la madre de Dios, que en las bodas de Caná, se preocupó por los novios. Ella conocía a Dios. Ella conocía el amor de su Hijo. Sabía que los novios necesitaban una ayuda particular. Ella, siendo pura, no tuvo necesidad de pedir perdón en este aspecto, pero, con un conocimiento de la realidad y con un conocimiento de su Hijo, supo poner estas necesidades en la mirada de Jesús. Le hizo conocer lo que estas personas necesitaban. Entonces, Jesús, al ver y conocer lo que su madre decía, que lo que le decía lo decía porque le amaba a Él, y también amaba a los novios, aceptó su petición. Desde el punto de vista práctico, aquí podría terminar la historia. Sin embargo, desde el punto de vista alegórico, también podemos sacar un ejemplo para nosotros. 

El vino siempre ha simbolizado la alegría y la felicidad. Pero la felicidad no puede venir de un corazón egoísta. La felicidad es un maravilloso estado, donde las personas se sienten plenas, sin necesidades que suplir. Al hablar María a Jesús, respecto de la falta de vino a Jesús, está diciendo que ellos, los novios, necesitan un don nuevo, el vino nuevo de Jesús. Porque allí el vino se les acabó. La felicidad, el amor se les acabó. Es cierto que la imagen de un matrimonio siempre es felicidad, al momento de la boda. Pero esa tinaja representa también la obra de Dios en nuestra vida, porque esas tinajas tenían una capacidad enorme. Y no eran solo para una familia, sino para todos los invitados que iban a dar gracias a Dios. Por ello, la Madre, que tiene en cuenta estas cosas, les enseña lo importante del amor, y de la oración. Ella con una sola orden a su Hijo, le da también a conocer cómo el amor en la tierra, se puede ver afectado de las cosas básicas, pero más aún, si el Señor no pone su vida en nuestra vida. Pero no es que Jesús no haya querido darles antes a ellos su vida. Es que el Señor, en su obra, opera por tiempos y espacios. Habla su corazón para transmitir en primer lugar la fuerza de su presencia, como si fuera el primer anuncio del sol de la mañana. Después, ya un poco más tarde, el sol empieza a dar luz y simultáneamente el calor. Finalmente el calor llega al punto más elevado al mediodía, cuando los hombres han trabajado y se sentarán a comer. Por ello, Jesús, sabiendo estos procesos da su respuesta a su madre, pero sin intención de no hacerle caso, sino para indicarle que hay un orden que Él debe seguir. Ahora bien, si la Virgen también no supiera que esto fuese lo mejor para los novios, no le pediría a su hijo hacer este milagro. Ella entiende que el conocimiento de su hijo también requiere de su participación. Ella mira no sólo con ojos de amor, sino con ojos maternos. En este sentido, Jesús, al ver esto, entiende que es el Padre quien le pide a Él, obedecer a su madre, como si fuese el mismo Padre quien se lo estuviera mandando. Porque los discípulos están ahí, y ellos también serán como su nueva familia. Desde esta perspectiva, es como he visto que el Señor a todos nos ha dado su vino, y quiere que seamos esos novios, desde donde María lleve el amor a las familias.

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